Tenía pendiente desde hace tiempo postear sobre mis experiencias personales con una dichosa ecuación, 
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ecuación que ha marcado mi vida y mi cuerpo (todo hay que decirlo) desde muy pequeña. Para quien no la conozca, esa ecuación formulada por Newton es la que nos hace caer, la que nos impulsa a estar lo más cerca posible del suelo y una vez allí lo más cerca posible del centro de la Tierra. La única esperanza que nos queda es pensar que la Tierra tampoco se salga de esta condena y está encadenada, por este mismo tipo de fuerza a su querido Sol. Pues bien, empecemos a hacer memoria y a contar las caídas más relevantes de esta corta, pero intensa existencia.
La primera vez que me caí, apenas tenía 3 meses me dirigí desde el centro de la cama de mis padres al suelo. El resultado fue un gran susto para mi madre y algún chichón y una bursitis de cadera que tardó un mes y medio en desaparecer. Me quedé con una piernecilla encogida en plan flamenco durante todo ese tiempo!!
Después de eso, la siguiente así gorda creo que fue cerca de los 4 años, en el parque del Salón de Granada, mi madre embarazada y a punto de dar a luz a mi hermana, me llevó allí para que desfogara un ratiyo y es que de chica no podía parar quieta. Me subí a lo alto de las anillas (unos 2,5 metros) y al grito de mamá me tiro, me solté y caí al suelo. Esa vez me quedé inconsciente y por poco sin madre ni hermana, porque os podéis imaginar como estaba mi madre al verme en el suelo medio muerta. Si no recuerdo mal (de lo que me hayan contado claro) me parece que esa fue también la primera vez que me rompí la barbilla.
Hablando de la barbilla, me la he roto 3 veces (en dos de ellas, tuve la delicadeza de hacerlo por el mismo sitio con lo cual cicatrices sólo tengo dos). La última vez que me la partí sí la recuerdo, estaba en un parque en Carboneras jugando, y me comí un barrote de la plaza, pero esa tampoco tiene mucha emoción, quizás sólo el privilegio de ser la primera “mataura” que recuerdo, podría tener 3 años.
Avancemos un poco, hasta los 5 o 6 años de edad, estaba en Tíjola viviendo y había un chaval en mi clase que tenía amargada a una amiga mía. En realidad no era mi amiga, pero estaba en mi clase y estaba harta de ver como se metía con ella y le zumbaba, así que en el recreo me metí yo en medio. En un acto medio heroico medio inconsciente, porque el tío nos sacaba a “mi amiga” y a mi un par de cabezas, la defendí y conseguí que la dejase en paz. Eso sí, porque a mi me tiró contra una escalera y del golpe me abrió la cabeza. La profesora vino, lo castigó (por eso que ya la dejase en paz) y a mi me llevó al médico del pueblo y el tío cafre en vez de ponerme puntos, como no sabía / quería suturar, puso a mi madre (que vino corriendo) y a mi profesora a hacerme trencitas en el pelo para unir así los dos trozos de carne. Gracias a su forma alternativa de entender la medicina ahora tengo una cicatriz enorme.
En mi época de colegio, lo normal era estar 15 días con escayola, 15 días sin escayola. Quien dice escayola dice venga, férula o cualquier otro artilugio adosado a una parte de tu cuerpo que te impide ducharte y rascarte a gusto. Pero no recuerdo ningún “viaje” así monumental.
Así que pasaremos a la época del instituto, donde me he pegado la mayoría de mis “guarrazos” gracias a esa cosa “sana” que son los scout. ¿Sana? Y un carajo, me he llevado más “leches” en los scout que en toda mi vida, eso sí me lo paso de escándalo y si no fuera porque a mi edad ya no puedo ni moverme, las repetiría. Lo malo de todas estas “piñas” es que te las das en sociedad y luego el resto del mundo se encarga de repetírtelas año tras año, te acuerdas de…
Pues aquí van unas cuantas, quizás lo mejor es clasificarlas como lo harían en urgencias:
Fracturas, esguinces y demás problemas traumatológicos:
El único festival de la canción provincial que se ha realizado en Almería en los últimos 12 años, nos juntamos 5 grupos y yo junto a un amigo era la encargada de presentar el festival. Media hora antes de empezar, estaba subiendo el metro y medio que tienen las gradas del anfiteatro de la rambla, sujetada por las manos de uno de los de mi grupo (Pepillo, cuando me acuerdo me dan ganas de matarte). Al pobre le sudaban las manos y a mí creo que más de los nervios y el resultado fue que caí de espaldas contra el suelo. En el último momento para no partirme la columna puse las muñecas y sobra decir que me las destrocé, presenté el festival con una muñeca del tamaño de dos y encima todos lo vieron….
La siguiente vez que nos juntamos todos los grupos de Almería, fue en una asamblea para el foro federal. Esta vez, en un parque alejados de gradas y anfiteatros, decidimos jugar al puente moro (la garrapata o el virus para otros). Para no explicar el juego, os dejo un enlace de unos amigos jugando y os cuento que cuando me tocaba saltar a mi quedó un hueco entre todas las cabezas por lo que salté y caí por el hueco luxandome el hombro y haciendome mierda la muñeca recién salida de la “torta” anterior.
Quizás esas sean las más representativas de esta sección de mi paso por el escultismo. Si además mencionamos que era deportista, tenemos también para todos los gustos….
Piñas con los patines: puede que sólo a una cabra loca como yo, se le ocurra ponerse los patines de línea de su hermana, sin haber patinado nunca con unos cacharros de esos y se va cuesta abajo toda la rambla de Almería hasta llegar al paseo marítimo. Con más suerte que un tonto, consigo llegar a la playa con todos los semáforos en verde o sin coches, de forma que no tuve que parar. Al llegar al paseo marítimo encuentro a mi amigo Oscar montando en bici, se para y me voy a parar a su lado. En ese momento descubrí dos cosas, la primera que los patines de línea sólo tienen un freno y la segunda que lo tienen en el derecho y yo soy zurda. Así que caí todo lo largo que soy (tampoco es mucho, lo sé) frente a él, aterrizando con la boca en sus pies. E l cachondeo que tuvo conmigo prefiero no describirlo.
Después de eso, decidí comprarme mis propios patines, con el freno en el pie izquierdo. La culpa no era mía por no saber frenar, claro, sino del patín de mi hermana que no estaba bien hecho y tenía en freno donde no debía. Un día, tras salir de clases particulares (esta fue en primero de carrera, estudiando para septiembre). Cogí mis patines y con el bolso lleno de libros, apuntes y las zapatillas que me acababa de quitar, me fui a patinar nada más salir de clase. Cada vez más rápido, me recorro el paseo marítimo hasta el final, giro y vuelvo por donde había venido. Al llegar a la pista de patinaje que hay justo al principio, me subo y me pongo a dar vueltas. En una curva pillo arena, se me va el patín, el bolso en el que llevaba se me viene hacia delante cayendo yo encima suya. Con el bolso a la altura del pecho, la curva que describía mi espalda al caer de boca era demasiado pronunciada para lo que las vértebras dan de sí, me golpeé la cabeza y me partí una costilla. Lo más doloroso, ver como se te acerca un enano de unos 3 años y te dice…”Te has caído!!”. Para encima llegar a casa medio muriéndote y encontrarte sola y que al día siguiente cuando te despiertes tu padre en vez de llevarte al médico, se enfade porque no quieras ir a la playa a tomarte una paella con él.
No han sido las únicas, pero sí las más escandalosas. A parte de los patines, también tengo un buen número de cicatrices y huesos rotos gracias a las caídas en bici. La última como ya sabéis los que me soléis leer, este septiembre, de la cual aún estoy recuperándome y por culpa de la misma me da miedo montarme en cualquier cosa que lleve sólo dos ruedas y que tenga que girar.
Viendo que esto se alarga, dejemos ya la sección de trauma y pasemos a la de dermatología. Mi piel ha tenido tanto o más estragos que mis huesos, espinas, zarzas, cañas, piedras, cristales, todo lo que se pueda incrustar se incrusta en ella. Una vez deslizándonos con unas amigas por unas rocas calizas me quedé incrustada en una zarza y menos mal que lo hice, porque al desviarme, me iba de cabeza a un cortado en medio de la roca, así que me pinché lo más grande, pero esa zarza me salvó la vida. La vez que más ha sufrido mi querida epidermis, fue cuando me tiré de una tirolina (realizada por mi) con una pendiente bastante considerable. Tanto que un poco más y no les da tiempo a frenarme y me estampo contra el árbol. El caso es que como resultado me quemé la oreja (de tocar el mosquetón, que un poco más y se desintegra) y bajo la bota tenía una quemadura de tercer grado que tardó gracias a los potingues naturistas de mi madre mes y pico en desaparecer de mi pierna. Eso sí, a su favor he de decir que ahora ni tengo cicatriz ni pelos en esa zona.
Y creo que va siendo hora de despedirse, seguro que conocéis más caídas mías, así que os animo a contarlas….